Durante cinco décadas, el cajero automático fue uno de los símbolos más visibles de la modernización bancaria en Colombia. Antes de las aplicaciones móviles, de las billeteras digitales y de las transferencias inmediatas, el gran cambio para el usuario fue poder retirar dinero sin depender del horario de una oficina bancaria. Ese salto comenzó el 8 de octubre de 1975, cuando se instaló en Medellín el primer cajero electrónico del país, en el centro de la ciudad, asociado a la historia de Conavi, entidad que posteriormente fue absorbida por Bancolombia.

Aquel dispositivo, ubicado en el entorno del edificio Coltejer, parecía una innovación menor si se observa con los ojos de hoy. Permitía hacer una operación básica: retirar efectivo hasta por $2.000. Sin embargo, su impacto fue profundo. Por primera vez, el consumidor financiero colombiano tuvo acceso a un servicio bancario disponible las 24 horas del día, los siete días de la semana. En una economía dominada por la ventanilla, el formulario físico y la fila, el cajero automático cambió la relación entre los bancos y sus clientes.
La historia del cajero automático en Colombia también es la historia de dos grandes fabricantes globales. NCR, fundada en 1884 en Dayton, Ohio, y conocida por su origen en las cajas registradoras, fue una de las marcas pioneras en la llegada de esta tecnología al país. Con el paso de los años, la compañía evolucionó hacia soluciones de hardware, software y autoservicio financiero. En 2023, su negocio se dividió entre NCR Voyix, orientada al comercio digital, y NCR Atleos, enfocada en cajeros automáticos y soluciones de autoservicio financiero.
El otro gran jugador global ha sido Diebold Nixdorf, resultado de la unión entre la estadounidense Diebold y la alemana Wincor Nixdorf. Antes de fusionarse, Wincor tenía una presencia fuerte en Europa, mientras Diebold era reconocida en América y Asia. La integración consolidó a una de las mayores compañías mundiales del sector de ATM, con fuerte presencia en América Latina. Aunque la empresa enfrentó un proceso de reestructuración financiera en Estados Unidos en 2023, logró emerger de ese capítulo y mantenerse como uno de los proveedores centrales de la infraestructura bancaria mundial.
En Colombia, la expansión del cajero estuvo estrechamente ligada a la masificación del sistema financiero. Bancolombia, Grupo Aval, Davivienda y redes independientes como Servibanca convirtieron estos equipos en una extensión de la oficina bancaria. En centros comerciales, supermercados, estaciones de servicio, zonas empresariales y corredores urbanos, el cajero se volvió un punto de conveniencia. No solo resolvía una necesidad financiera, sino que también generaba tráfico, confianza y permanencia en los espacios comerciales.
Esa lógica fue especialmente importante para los centros comerciales. Durante años, tener cajeros automáticos era parte del paquete básico de servicios al visitante. Un mall sin cajeros quedaba incompleto, porque buena parte de las compras, pagos de parqueadero, consumos gastronómicos o transacciones menores dependían del efectivo. El cajero era un facilitador de consumo. En muchos casos, el visitante retiraba dinero y posteriormente lo gastaba dentro del mismo complejo comercial.
Sin embargo, el mercado financiero colombiano está entrando en una nueva etapa. El cajero automático no ha desaparecido ni está cerca de hacerlo, pero su papel empieza a cambiar. Ya no es el único puente entre el consumidor y su dinero. Hoy compite con una infraestructura digital que cabe en el celular: Nequi, Daviplata, dale!, Movii, Nubank, aplicaciones bancarias, códigos QR, transferencias intraentidad y, más recientemente, Bre-B, el sistema de pagos inmediatos interoperable liderado por el Banco de la República.
El cambio es profundo porque ataca la razón principal de uso del cajero: la necesidad de convertir saldo bancario en efectivo. Si una persona puede pagarle a un comercio desde una billetera, transferirle a un amigo en segundos, dividir una cuenta de restaurante, cancelar un servicio o comprar en un emprendimiento por QR, la visita al cajero deja de ser indispensable. El dinero sigue existiendo, pero circula cada vez más sin pasar por el billete.
A pesar de este avance, Colombia sigue siendo una economía donde el efectivo manda. Para millones de personas, especialmente en segmentos de menores ingresos, zonas rurales, pequeños comercios e informalidad, el efectivo sigue siendo sinónimo de control, confianza y aceptación. En la vida cotidiana, muchos consumidores todavía sienten que pagar en efectivo les permite manejar mejor su presupuesto, evitar costos transaccionales y operar sin depender de conectividad, claves digitales o validaciones bancarias.
Por eso, el futuro del cajero automático en Colombia no debe leerse como una desaparición inmediata, sino como una reinvención. Su función dejará de estar centrada exclusivamente en retirar dinero para convertirse en una pieza de apoyo dentro de un ecosistema híbrido. El usuario colombiano no está pasando de un mundo físico a uno digital de manera lineal. Está conviviendo con ambos. Puede recibir dinero por Nequi, retirar una parte en un cajero, pagar un domicilio por transferencia y comprar en efectivo en una tienda de barrio.

La reducción del uso recurrente de cajeros no significa que el efectivo pierda relevancia de un día para otro. Significa que el efectivo empieza a compartir protagonismo con otros medios. Y cuando eso ocurre, la red física debe optimizarse. Los bancos tendrán que decidir dónde mantener cajeros, dónde transformarlos en equipos multifuncionales, dónde apoyarse en corresponsales bancarios y dónde migrar la operación hacia canales digitales.
Esta transición también tiene implicaciones para el retail. En los centros comerciales, los cajeros automáticos seguirán siendo relevantes, pero ya no necesariamente como generadores de tráfico por sí solos. Su valor estará en la conveniencia, la cobertura y la experiencia de servicio. Serán más importantes en zonas con alta presencia de consumidores que todavía usan efectivo, en plazas con población flotante, en destinos turísticos, en ciudades intermedias y en corredores donde el comercio informal y formal conviven.
Al mismo tiempo, los malls deberán acelerar la adopción de pagos digitales en parqueaderos, plazoletas de comida, ferias, eventos, islas comerciales y comercios pequeños. La pregunta ya no es únicamente cuántos cajeros tiene un centro comercial, sino qué tan fácil es pagar dentro de todo su ecosistema. En esa nueva lógica, el QR, las billeteras y las transferencias inmediatas se convierten en infraestructura comercial tan importante como un datáfono o un cajero.
Bre-B representa un punto de quiebre porque busca resolver una de las grandes barreras históricas de los pagos digitales en Colombia: la falta de interoperabilidad plena. Hasta hace poco, muchas transferencias funcionaban bien dentro de una misma entidad, pero se volvían menos simples cuando el dinero debía moverse entre bancos, billeteras o depósitos distintos. La promesa de Bre-B es que el usuario pueda transferir de manera inmediata, sin importar la entidad financiera, usando llaves como el número de celular, la cédula o el correo electrónico.
Si esa promesa se consolida, el efecto sobre los cajeros será evidente. Muchas operaciones que antes terminaban en un retiro de efectivo podrán resolverse con una transferencia instantánea. El pago al tendero, al taxista, al familiar, al vendedor de feria o al pequeño comercio podrá hacerse sin billetes. Esto no elimina el cajero, pero sí reduce la frecuencia de uso en determinados segmentos urbanos y bancarizados.

La historia resulta paradójica. El cajero automático nació como una revolución tecnológica porque liberó al usuario de la oficina bancaria. Cincuenta años después, las billeteras digitales y Bre-B están produciendo una nueva liberación: la de no tener que ir al cajero para usar el dinero. En 1975, la innovación consistía en retirar efectivo sin entrar al banco. En 2026, la innovación consiste en pagar sin retirar efectivo.
El gran desafío para Colombia será administrar esa transición sin excluir a quienes todavía dependen del billete. El efectivo sigue siendo necesario para una parte importante de la población y para miles de pequeños comercios. Pero también es evidente que las nuevas generaciones, los trabajadores independientes, los comercios digitales y los consumidores urbanos están migrando hacia formas de pago más rápidas, trazables y convenientes.
En ese escenario, el cajero automático seguirá siendo una infraestructura relevante, pero menos dominante. Pasará de ser el centro de la autonomía financiera del consumidor a ser un canal complementario dentro de una red mucho más amplia. Su futuro no dependerá únicamente de cuántas máquinas existan, sino de qué tan bien se integren con la banca móvil, las billeteras digitales, los corresponsales y los nuevos sistemas de pagos inmediatos.
Colombia no está frente al fin del cajero automático. Está frente al fin de su monopolio como puerta de acceso al dinero. Y ese cambio, silencioso pero profundo, transformará no solo al sistema financiero, sino también la manera como los colombianos compran, pagan y se relacionan con los espacios comerciales.
Fuente: Mall & Retail