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LA MáQUINA DE ENTRETENIMIENTO DEPORTIVO MáS PODEROSA DEL PLANETA BAJO LA MIRADA DEL GOBIERNO CORPORATIVO

La FIFA suele ser entendida como una asociación de países unidos alrededor del fútbol. Sin embargo, desde una mirada empresarial, su dimensión económica la acerca mucho más a una multinacional global del entretenimiento deportivo que a una simple organización federativa. 

Aunque jurídicamente es una asociación privada suiza sin ánimo de lucro, su modelo de ingresos, sus órganos de gobierno, su capacidad de monetizar audiencias y su poder sobre el principal espectáculo deportivo del planeta la convierten en una de las organizaciones más rentables e influyentes del mundo. El Mundial 2026 será la mejor demostración de esa realidad. Para el ciclo 2023-2026, la FIFA elevó su presupuesto de ingresos a cerca de USD 13.000 millones, con casi USD 8.900 millones concentrados en el año del torneo. 

 

El ejercicio resulta aún más interesante si se compara a la FIFA con una empresa privada tradicional. Según el estudio Deloitte Football Money League 2026, los 20 clubes de fútbol con mayores ingresos del mundo generaron en conjunto €12.400 millones en la temporada 2024/2025. Real Madrid ocupó el primer lugar, con ingresos cercanos a €1.200 millones, seguido por Barcelona, Bayern Múnich, PSG y Liverpool. 

Si la FIFA fuera incluida en ese ranking como una compañía de entretenimiento deportivo, no solo ocuparía el primer lugar, sino que jugaría en otra escala: su ciclo 2023-2026 de USD 13.000 millones supera, como bloque de cuatro años, los ingresos anuales agregados de los 20 clubes más ricos del planeta. Incluso tomando solo el año mundialista, sus ingresos proyectados multiplican varias veces los de cualquier club individual.

 

La gran diferencia es que la FIFA no tiene accionistas privados, sino 211 federaciones miembro. En una sociedad anónima, los accionistas suelen ejercer el poder de acuerdo con su participación económica. En la FIFA, en cambio, cada asociación nacional tiene un voto. Brasil, Alemania, Colombia o una pequeña isla del Caribe participan bajo el mismo principio formal de representación. Esto crea un modelo de gobierno corporativo muy distinto al de una empresa listada en bolsa: no manda necesariamente quien más ingresos produce, sino quien logra construir mayorías políticas dentro del ecosistema federativo. Este punto es clave para entender la FIFA: su negocio es global, pero su poder se administra políticamente. El texto base suministrado plantea justamente esta tensión entre asociación deportiva y corporación global. 

 

En ese paralelo empresarial, el Congreso FIFA sería la asamblea de accionistas. Es el máximo órgano institucional, aprueba reformas, informes, presupuestos y decisiones relevantes. El FIFA Council sería la junta directiva. De acuerdo con la estructura oficial de FIFA, este consejo está compuesto por 37 miembros: el presidente, ocho vicepresidentes y 28 integrantes elegidos por las federaciones, con representación de las confederaciones y al menos una mujer por confederación. Pero no se trata de una junta de independientes al estilo corporativo tradicional. Es una junta federativa, construida desde equilibrios regionales, intereses políticos y representación del fútbol mundial.

 

La figura del “CEO” también es particular. En una empresa privada, el presidente de junta y el gerente general suelen tener funciones diferenciadas. En FIFA, el poder ejecutivo se divide entre el presidente y el secretario general. Gianni Infantino actúa como rostro institucional, líder político y gran articulador de la agenda global. El secretario general, Mattias Grafström, cumple un papel más cercano al de CEO operativo, encargado de la administración y ejecución institucional. La reforma de gobernanza posterior a la crisis de corrupción buscó separar la función política de la operación administrativa, aunque en la práctica el presidente conserva una enorme influencia sobre la estrategia, la representación internacional y la construcción de consensos.

El negocio comercial de FIFA es extraordinariamente eficiente porque se basa en un activo escaso: la atención global. El Mundial no es solo fútbol; es televisión en vivo, pauta publicitaria, patrocinios, turismo, boletería, hospitalidad, licencias, plataformas digitales y consumo alrededor del entretenimiento. En el presupuesto original 2023-2026, FIFA proyectaba USD 4.264 millones por derechos de televisión, USD 2.693 millones por derechos de marketing, USD 3.097 millones por hospitalidad y boletería, USD 669 millones por licencias y USD 278 millones por otros ingresos. En términos porcentuales, eso equivale aproximadamente a 39% por televisión, 28% por boletería y hospitalidad, 24% por patrocinios y derechos comerciales, 6% por licencias y 3% por otros ingresos. 

 

El Mundial 2026 reforzará esa estructura. La ampliación a 48 selecciones y 104 partidos, sumada al mercado de Estados Unidos, México y Canadá, permitirá a FIFA capturar más valor en derechos de transmisión, boletería, hospitalidad y patrocinio. 

Algunas estimaciones de mercado señalan que el torneo podría generar más de USD 4.200 millones en derechos de transmisión, más de USD 2.800 millones en patrocinios y cerca de USD 3.000 millones en ingresos de boletería y hospitalidad. En otras palabras, FIFA monetiza el fútbol como una plataforma global: vende audiencias a los medios, exposición a las marcas y experiencias premium a los consumidores.

 

Por el lado de los gastos, la FIFA se presenta como una entidad que reinvierte la mayor parte de sus recursos en el fútbol. Para el ciclo 2023-2026, el presupuesto de inversión fue elevado a USD 12.900 millones, con más del 90% destinado, según la organización, a reinversión en el juego. Allí entran programas de desarrollo, organización de torneos, premios a selecciones, apoyo a federaciones, operación de eventos, producción televisiva, logística, seguridad, transporte, personal, tecnología y costos administrativos. Para el Mundial 2026, el Consejo de FIFA aprobó aumentar a USD 871 millones la distribución a las 48 federaciones participantes, incluyendo dinero de preparación, clasificación y contribuciones adicionales. 

 

La clave financiera está en que FIFA no opera como una empresa industrial tradicional. No construye la mayoría de los estadios, no asume toda la infraestructura urbana y no depende de vender productos físicos. Su negocio consiste en controlar el derecho central del espectáculo y monetizarlo globalmente. Los países y ciudades sede cargan con buena parte de las inversiones en infraestructura, seguridad, movilidad y adecuaciones, mientras FIFA concentra los derechos comerciales del evento. Por eso, desde una óptica empresarial, su margen estructural es poderoso: administra una marca global, un calendario único y un producto que nadie más puede replicar.

Ahora bien, si fuera una empresa privada, la gran pregunta sería por sus utilidades y dividendos. FIFA no reparte dividendos a accionistas porque no tiene accionistas en el sentido societario clásico. Su “dividendo” se distribuye de otra manera: transferencias a federaciones, premios, programas de desarrollo, fondos de solidaridad y reinversión en torneos. Reuters reportó que para el ciclo 2027-2030 FIFA proyecta ingresos récord de USD 14.000 millones y que el programa FIFA Forward alcanzaría USD 2.700 millones, ocho veces más que antes de 2016. En una empresa tradicional, buena parte de ese excedente se discutiría como utilidad distribuible; en FIFA, se presenta como reinversión global en el ecosistema del fútbol.

 

Ese modelo tiene una fortaleza evidente: convierte la pasión mundial por el fútbol en recursos para sostener una red de 211 federaciones. Pero también plantea preguntas de gobierno corporativo.

¿Qué tan independientes son sus órganos de control? ¿Qué tan competitiva es la sucesión del poder? ¿Qué tanto pesan las federaciones pequeñas frente a los grandes mercados que realmente generan el negocio? ¿Y cómo se garantiza que una organización sin ánimo de lucro, pero con ingresos de multinacional, mantenga estándares de transparencia equivalentes a los de una gran empresa global?

 

La FIFA combina tres naturalezas: asociación deportiva, organización política y corporación de entretenimiento. Su legitimidad nace de las federaciones nacionales, pero su poder económico proviene del mercado global de medios, patrocinadores, boletas y consumidores. Esa dualidad será cada vez más visible con el Mundial 2026. 

 

Porque detrás de cada partido no solo habrá selecciones, hinchas y goles. Habrá una de las máquinas comerciales más sofisticadas del mundo, capaz de convertir noventa minutos de fútbol en miles de millones de dólares. En síntesis, la FIFA no cotiza en bolsa, no reparte dividendos y no se define como empresa privada, pero si se analizara por su escala, rentabilidad, gobierno corporativo y capacidad de generación de ingresos, sería una de las compañías de entretenimiento deportivo más poderosas del planeta.

 

Fuente: Mall & Retail