El inicio de 2026 encuentra al comercio formal colombiano enfrentando uno de los choques de costos más significativos de la última década. El incremento del salario mínimo en 23%, decretado por el gobierno de Gustavo Petro, se da en un contexto económico que no acompaña dicha magnitud de ajuste: inflación moderada, consumo desacelerado y márgenes ya presionados.

Más allá del debate político, para el retail esta decisión tiene efectos operativos directos, profundos y difíciles de absorber, especialmente en sectores intensivos en mano de obra como la moda, el comercio especializado y la operación de tiendas físicas.
Los costos laborales no son un gasto coyuntural que pueda ajustarse de manera transitoria. En retail y particularmente en moda, constituyen un costo estructural que atraviesa toda la cadena de valor: diseño, confección, logística, operación de tiendas y administración. A diferencia de otros sectores, la automatización es limitada. El servicio en punto de venta, la reposición, el visual y la experiencia del cliente siguen dependiendo, en gran medida, del trabajo humano. Cuando el salario crece muy por encima de la productividad, el impacto sobre el margen no es gradual: es inmediato.
En empresas de moda, el costo laboral puede representar entre el 10% y el 20% del costo del producto, considerando confección, acabados y control de calidad, y entre el 15% y el 25% de los gastos operativos en retail físico.
Un incremento salarial de esta magnitud eleva el costo unitario por prenda, comprime el margen bruto si no se traslada al precio y, si se traslada, pone en riesgo la rotación cuando el consumidor no está dispuesto a pagar más. El resultado es una ecuación desequilibrada que obliga a tomar decisiones difíciles en muy corto plazo.
El impacto no es homogéneo y depende del tipo de surtido. Las marcas con foco en moda, colecciones cortas y alta rotación tienen menor capacidad de absorber aumentos de costos. Su margen depende de vender rápido, no de producir barato, y cualquier presión adicional incrementa el riesgo de inventarios. Por el contrario, los negocios de básicos y productos resurtibles cuentan con mayor estabilidad de demanda, más escala y mejores posibilidades de compensar el aumento salarial vía eficiencia y volumen. De ahí que los modelos con un mix equilibrado muestren mayor resiliencia en este escenario.
Frente a este aumento abrupto de los costos laborales, el retail se ve obligado a tomar decisiones difíciles.


No existen salidas sencillas: cualquier ajuste impacta directamente la operación, el servicio al cliente o la rentabilidad del negocio. El primer camino es trasladar el mayor costo al precio final, con el riesgo evidente de afectar la demanda y acelerar la desaceleración del consumo.
El segundo es reducir estructura y nómina, una decisión que impacta la operación diaria, deteriora el servicio y tiene consecuencias reputacionales. El tercero, el más complejo pero el más sostenible, es mejorar la productividad. Sin embargo, este camino exige disciplina, inversión y cambios profundos en la forma de operar.
En la práctica, muchas compañías ya están reaccionando con medidas defensivas. El recorte de nómina se vuelve casi inevitable en formatos de bajo margen. Se implementan turnos escalonados y reducción de horas, lo que afecta la atención al cliente y la experiencia en tienda. Se racionalizan gastos en todas las áreas, desde mercadeo hasta mantenimiento, y se reevalúan aperturas y planes de expansión. Paralelamente, se empiezan a ajustar precios de manera selectiva, aun sabiendo que el consumidor está más sensible que nunca.
Más allá de estas decisiones tácticas, las marcas que busquen seguir siendo competitivas deberán acelerar transformaciones estructurales. Optimizar turnos con base en tráfico real, mejorar la planeación de inventarios para reducir sobrecostos, eliminar reprocesos, fortalecer la venta por metro cuadrado y elevar la productividad por vendedor dejan de ser buenas prácticas para convertirse en condiciones de supervivencia. También gana relevancia la revisión del portafolio de tiendas, el fortalecimiento de canales digitales y una negociación más estricta con proveedores y arrendadores.
Para Leopoldo Vargas Brand, CEO de Mall & Retail, “Para el retail colombiano, 2026 no será un año de crecimiento, sino de ajuste forzado. Las decisiones populistas del gobierno de Petro, desconectadas de la realidad productiva del país, no protegen el empleo: lo destruyen. Presionan la competitividad, asfixian a los empresarios formales y empujan a miles de compañías a recortar personal o cerrar operaciones. Un país no se construye debilitando a quienes generan empleo, inversión y recaudo. Persistir en esta ruta es avanzar, de manera irresponsable, hacia la quiebra empresarial y el deterioro estructural de la economía.”
Fuente: Mall & Retail.