La industria del cine en Colombia cerró 2025 en un punto de inflexión: el público no abandonó por completo las salas, pero sí confirmó que su relación con la pantalla grande ya no es automática. El dato central es revelador por su aparente contradicción: la asistencia cayó levemente frente a 2024 (-0,2%, es decir 81.253 espectadores menos), pero los ingresos crecieron un 6,1%. En otras palabras, el negocio se sostuvo más por valor capturado por visita que por volumen de visitantes.

Para entender 2025 hay que mirarlo como parte de una década de cambios. Entre 2015 y 2019 el cine vivió un ciclo expansivo: pasó de 58,80 millones de espectadores en 2015 a 73,11 millones en 2019, el máximo histórico. Luego llegó el quiebre: 2020 se desplomó a 12,61 millones. Desde allí, el sector reconstruyó demanda, pero sin regresar al techo prepandemia: 27,81 millones en 2021, 42,19 millones en 2022, 53,87 millones en 2023 y una corrección a 49,63 millones en 2024. Con la caída marginal reportada para 2025, el mercado se habría movido alrededor de 49,55 millones de espectadores, prácticamente “plano” frente al año anterior.
¿Qué está detrás del “desplome” frente al pico de 2019? El factor estructural es el cambio de hábitos. El consumo audiovisual migró hacia el hogar, con plataformas que ofrecen catálogo, inmediatez y conveniencia.
La sala compite hoy no solo con otras salas, sino con el sofá, el celular y la capacidad de pausar. Por eso la recuperación posterior a 2020 fue real, pero incompleta: incluso 2024 quedó 23 millones de espectadores por debajo de 2019, según el comparativo de Proimágenes.
La respuesta operativa de la industria ha sido ajustar la ecuación precio–experiencia. En 2025, los exhibidores impulsaron estrategias para reducir fricción y estimular visitas: el precio promedio de la entrada bajó de $13.900 a $11.900, y se fortaleció una programación que mezcla cine con contenidos alternativos (conciertos, funciones especiales, clásicos remasterizados, ballet y eventos puntuales). Sin embargo, el ajuste en precio por sí solo no recompone el hábito si el diferencial de experiencia no está claro para el consumidor.


Aun así, 2025 mostró una señal clave para el negocio: la taquilla total subió 6,1% y pasó de US$146 millones en 2024 a US$155 millones en 2025. Este crecimiento se explica por una mayor participación de formatos de mayor valor, contenidos alternativos y un consumo más concentrado en experiencias “premium”, aun cuando el número total de asistentes no crezca.
Para los centros comerciales, este fenómeno no es un dato cultural sino una variable de tráfico. El cine sigue siendo un ancla que ordena visitas en franjas de baja afluencia y fortalece el consumo complementario (alimentos, moda, entretenimiento). Cuando la asistencia se estanca, el impacto se siente en permanencia y en ventas cruzadas. Además, la presión sobre el modelo obliga a renegociar condiciones o a replantear grandes áreas que antes eran “irremplazables”.
La salida, para malls y exhibidores, pasa por rediseñar sinergias y empaquetar valor: promociones combinadas (cine + comida, cine + compras, cine + experiencias), programas de fidelización integrados con el ecosistema del centro comercial y una agenda constante de eventos que convierta la visita en plan, no en trámite. En el nuevo ciclo del entretenimiento, ganarán quienes logren que la sala deje de ser solo una pantalla y vuelva a ser un motivo para salir.
Fuente: Mall & Retail