El corredor de la Carrera Séptima de Transmilenio se proyecta como una de las intervenciones urbanas más relevantes de Bogotá en los próximos años, no solo por su impacto en la movilidad, sino por su capacidad de reorganizar el espacio público y el uso del suelo en uno de los ejes históricos y comerciales más importantes de la ciudad.

Mientras se avanza en el inicio pleno de las obras del tramo de TransMilenio, el proyecto contempla una etapa transitoria en la que 14 lotes adquiridos por el Distrito podrán ser habilitados de manera temporal para fines comerciales, durante un periodo estimado de dos a tres años. Esta fase intermedia abre una oportunidad estratégica para activar espacios hoy inactivos, mantener la vitalidad económica del corredor y acompañar tanto a los vecinos como a los usuarios del sistema, mientras el proyecto entra en su etapa constructiva definitiva.
La conversación pública suele concentrarse en estaciones, desvíos y tiempos de obra, pero para el comercio la discusión más productiva está en otro lugar: cómo se protege la “continuidad de vida” del corredor mientras se transforma. Una obra de esta escala inevitablemente reordena trayectos, puntos de parada y hábitos cotidianos; por eso, habilitar lotes temporales no debe entenderse como un simple uso del suelo, sino como un mecanismo para sostener actividad económica formal, mejorar la experiencia del peatón y evitar que tramos completos entren en una lógica de vacío.
En retail, el vacío no solo es un espacio sin uso: es menos iluminación, menos permanencia, menor sensación de seguridad y, en consecuencia, menos compras por impulso y menos recurrencia. La decisión inteligente es convertir ese riesgo en una fase de activación con reglas claras.
El primer principio para que estos 14 lotes sumen al ecosistema es que no compitan frontalmente con el comercio ya instalado. El valor está en complementar, no en desplazar. Cuando un corredor cambia su operación cotidiana, surgen necesidades inmediatas que hoy el comercio tradicional no siempre cubre por limitaciones de espacio, horarios o logística. Ahí aparece el mejor rol para los lotes: resolver fricciones del día a día del usuario en movimiento y, al mismo tiempo, elevar la calidad del tráfico peatonal que alimenta a los negocios existentes.
Si el peatón camina con confianza, encuentra servicios básicos y percibe orden, aumenta la permanencia y mejora la probabilidad de compra en el entorno.
Bajo esa lógica, los usos con mayor potencial de armonizar con el comercio actual son los que operan como “servicios de soporte” del corredor. En un eje con alto flujo, funciona especialmente bien el comercio de conveniencia asociado a movilidad: puntos de recarga y atención al usuario, venta de elementos de protección para lluvia, hidratación, lockers para paquetería, soluciones de última milla y servicios de orientación. Este tipo de oferta no le quita mercado a una tienda del barrio; por el contrario, reduce fricción, ordena el recorrido y mejora el ánimo del usuario para consumir. Además, este comercio aporta un beneficio urbano directo: presencia operativa constante, iluminación, cuidado del entorno y mantenimiento, variables que suelen ser determinantes en la percepción de seguridad sin necesidad de exageraciones ni discursos alarmistas.
Un segundo grupo de usos con alto potencial es el de alimentos y bebidas en formato ligero, con una condición no negociable: operación limpia, infraestructura liviana y manejo impecable de residuos. La Séptima ya tiene oferta gastronómica y, por eso, el criterio no debe ser “más comida”, sino “mejor experiencia para el paso”. Café, panadería liviana, opciones rápidas y de bajo impacto son compatibles con una fase temporal si se diseñan como micro-espacios de pausa breve, sin cocinas pesadas ni procesos que generen humo, ruido o residuos complejos.
Bien curado, este formato puede beneficiar al comercio existente porque extiende la permanencia del peatón y crea un “motivo de parada” que luego se traduce en compras complementarias en el entorno.
La tercera línea de activación, especialmente valiosa para vecinos, es el comercio de servicios cotidianos. Arreglos rápidos, mantenimiento de bicicletas, papelería de conveniencia, duplicado de llaves, envíos y recogidas, e incluso formatos de bienestar de baja complejidad son actividades que elevan la utilidad del corredor para la vida diaria. Este tipo de comercio no depende de permanencias largas, atiende necesidades reales y fortalece el tejido barrial, porque evita desplazamientos adicionales y sostiene la actividad diurna. En un proceso de obra, esa actividad diurna es clave para que el corredor no pierda vitalidad.

En paralelo, hay una oportunidad con enorme impacto reputacional y comunitario: activar algunos lotes como espacios de economía creativa y emprendimiento local, con curaduría y programación definida. No se trata de improvisar ferias permanentes, sino de diseñar ciclos de activación que tengan sentido para el corredor: mercados temáticos de diseño, librerías itinerantes, programación cultural de baja escala y muestras de producción local. Cuando esto se hace con selección y control, mejora la calidad del tráfico porque crea permanencia positiva, y esa permanencia suele derramar beneficios hacia el comercio establecido. La palabra clave es curaduría: pocos eventos, bien organizados, con criterios de calidad, cumplimiento y experiencia para el usuario.
Ahora bien, ningún tipo de comercio funciona si la operación no está diseñada con mentalidad de “administración de activo”. Estos lotes, aunque temporales, necesitan un modelo de gestión equivalente al de una plazoleta comercial bien operada: un responsable claro, mantenimiento, aseo, iluminación, señalización, horarios, protocolos y reglas de convivencia. En retail, el detalle operativo es el que convierte un espacio en un lugar. Y un lugar, incluso temporal, es lo que sostiene el flujo. Por eso, la habilitación debe privilegiar operadores capaces de cumplir estándares, más que ofertas atractivas sobre el papel. En un corredor en transformación, la consistencia pesa más que la estética.
También es determinante reconocer que el corredor no es uniforme. El potencial comercial de cada lote dependerá del contexto inmediato: cercanía a paraderos, densidad residencial, presencia de colegios y oficinas, y conectividad peatonal. Por eso, la selección de usos debería construirse por “microzonas”, no con una única receta. En tramos con alta residencia, los servicios de barrio y conveniencia diaria suelen ser el mejor complemento. En tramos con mayor flujo de paso, movilidad y café ligero pueden ser más efectivos. En puntos con vocación cultural o turística, la economía creativa puede aportar permanencia de calidad.
Cuando la mezcla comercial se adapta al entorno, se reduce la fricción con el comercio existente y se maximiza el aporte al barrio.
Desde la perspectiva de centros comerciales y comercio organizado alrededor de la Séptima, esta fase temporal puede leerse como una oportunidad de articulación y no como una amenaza. La clave está en entender el tráfico como un activo compartido: si el corredor mantiene vida, todos ganan. Los lotes pueden convertirse en “estaciones de experiencia” que inviten a caminar y conecten con calles, plazoletas y ofertas existentes.
Incluso pueden ayudar a comunicar, de forma simple y positiva, cómo moverse durante la transición, reduciendo ansiedad del usuario y protegiendo la intención de visita. En momentos de cambio, la claridad es parte de la experiencia de compra.

Para asegurar que el enfoque sea positivo y útil, el proyecto debería medir su éxito con indicadores sencillos y orientados al usuario: flujo peatonal captado y redistribuido, permanencia promedio, cumplimiento operativo (aseo, residuos, horarios), percepción de orden, y participación de oferta local formal. No se trata de convertir lotes temporales en centros comerciales, sino de aplicar lo mejor del retail bien gestionado a un espacio transitorio: curaduría, operación, servicio y continuidad. Si esos principios se respetan, la ciudad gana un corredor que no se apaga mientras se construye, los vecinos sienten acompañamiento en lugar de ruptura, y el usuario percibe que la transformación también puede mejorar su día a día desde antes de inaugurar la obra definitiva.
Para Leopoldo Vargas Brand CEO de Mall & Retail, “Las áreas temporales de comercio que tendrá el corredor de la Carrera Séptima puede ser un instrumento inteligente para proteger la vitalidad económica de la Carrera Séptima durante dos a tres años, siempre que se entiendan como parte del ecosistema comercial existente y no como una competencia desordenada”.
“La conveniencia asociada a la movilidad, alimentos ligeros de operación limpia, servicios cotidianos del barrio y activaciones creativas curadas son rutas viables para armonizar con el comercio actual y potenciar la actividad para vecinos y usuarios. En un corredor tan simbólico como la Séptima, lo que se haga en la transición no es un detalle: es la señal temprana de cómo Bogotá decide construir ciudad, con orden, utilidad y una experiencia urbana que también puede ser una buena experiencia de consumo”, señalo Vargas Brand.
Fuente: Mall & Retail.